La inevitable tentación del museo

Hace unos días leíamos esto en un conocido medio nacional: “Algo está a punto de cambiar en el Teatro Real. Acostumbrado a la ópera y la música clásica, a la voz de tenores, bajos y mezzosopranos, el coliseo madrileño vivirá del 20 al 27 de julio el primer festival de música pop y rock de su historia. Elton John, Raphael, Miguel Poveda o Juanes serán los nombres propios de un evento nunca visto antes. Una propuesta que llega con la intención de consolidarse y competir en el calendario con los grandes clásicos.

Dejaremos sin comentar el despropósito en sí del evento para adentrarnos en otros asuntos, en otras preguntas. Lo más socorrido, sin duda, podría ser el debate sobre si el Teatro Real es o no un lugar adecuado para cualquier tipo de evento musical, y sobre todo si la cobertura pública (no olvidemos que es ésa la titularidad del recinto escénico) debe incluir un festival estrictamente comercial. Pero no, no iremos por ahí. Lo que proponemos es otra mirada. Veamos…

Situémonos desde la perspectiva de la llamada “música contemporánea”. Serán pocos los que todavía no se hayan percatado de que desde hace años existe un claro cuestionamiento del formato de concierto. De hecho, si repasamos las programaciones de los festivales nos daremos cuenta de que en los últimos años la hibridación está presente en casi todos ellos. Y en esa necesidad de presentar propuestas que se alejen del formato tradicional, el espacio donde se produce la escucha resulta algo esencial. La sala sinfónica del Auditorio Nacional no parece el lugar idóneo para montar una instalación sonora multicanal (aunque a alguno esta idea, por transgresora, le pueda seducir y hacer volar la imaginación). La sala de conciertos convencional parece ya un corsé demasiado apretado para nuestra mirada actual; la expansión hacia espacios diversos, muchas veces no concebidos para una acción escénica es un reto que frecuentemente está presente ya en el propio planteamiento creativo. Pero incluso al margen de la creación experimental, si penetramos en el ámbito del repertorio clásico, aunque mucho más tímidamente, también parece observarse una necesidad de renovación en este sentido.

Tomando esa perspectiva, y aunque las generalizaciones siempre son peligrosas, parece paradójico que aquellas músicas que precisamente partieron de la contestación social y la irreverencia –nos referimos al rock y al pop- desde muy temprano tuvieron la tentación de ocupar un lugar en el museo. Recordemos cuántos grupos grabaron o tocaron con orquestas sinfónicas, en contextos “clásicos”, de una forma u otra. Valga como muestra este vídeo de Deep Purple con la Royal Philharmonic Orchestra ya en 1969, un ejemplo entre cientos. Es decir, mientras unos huyen como de la peste del butacón de terciopelo, otros parecen estar esperando en la puerta para ocuparlo, aunque sea con silbiditos de disimulo o con el socorrido “una experiencia más” como banal argumento.

El caso del Teatro Real es otra vuelta de tuerca, que se explica en este contexto de degradación cultural que vivimos. Ver a las viejas leyendas del pop o a acaramelados cantantes de épocas pasadas, algunos en estado semifósil, en el escenario madrileño es producto de una total ausencia de política cultural y podríamos explicarlo como una burda forma de vender los espacios públicos al mejor postor, sin mirar qué propuesta lleva en el paquete. Desde luego, Elton John no es The Velvet Underground, ni mucho menos Juanes es Lou Reed, pero es indudable que el discurso para vender el evento es que la “música popular” conquista el templo de la ópera, el espacio emblemático de la “música culta”, es decir, lo que hace 50 años se identificó con la contracultura y la rebeldía ahora tiene un asiento bien cómodo en la dorada lata de conservas.

Pues que pasen, por qué no. Todo el formol a su disposición. Mientras, nosotros probaremos con los garajes.

 

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